Dolor y hegemonía. Sobre el caso Guille Zapata y la cacería que viene

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Más allá de la rabia e impotencia que muchos experimentamos hace unos días viendo la rueda de prensa en el Ayuntamiento de Madrid, ¿supone la excesiva elevación del listón ético que ha guiado el “caso Zapata” simplemente un error o, peor, una claudicación? ¿Se ha hecho de algún modo el trabajo sucio al cazador, como razona Antón Losada? ¿Caímos en la trampa de un adversario político que reclama unas hiperexigencias formales al otro mientras practica por su parte un desvergonzado cinismo?

Comentarios de este tipo están sucediéndose en estos días, y parece que no les falta parte de razón. Sin embargo, no debemos olvidar que, ante cualquier disputa hegemónica por el sentido común mayoritario, la lucha por reclamar y abanderar el valor ético de las actuaciones no es en absoluto irrelevante, máxime en un clima político tan obscenamente hipócrita. Frente a este, la enorme dignidad, el coraje que mostró hace unos días Guillermo Zapata en la rueda de prensa le convirtieron en algo más que grande: en alguien descomunal. “Menuda ventaja”, dirán también muchos, la de enorgullecernos moralmente mientras el enemigo se vuelve a reír de nosotros”.

Sin embargo, aquí, la acusación de que siempre somos demasiado blandengues y aceptamos las reglas del adversario puede quizá esconder una limitación para la conquista de la hegemonía social. En esa batalla por ahora solo podíamos perder. Pero en el caso de Zapata no se trata solo del falso consuelo moralista del perdedor, sino de algo diferente: ¿no son estos actos ejemplares como el suyo los que también nos pueden llevar más tarde que temprano a ganar el asentimiento de la gran mayoría de la sociedad civil?

Los medios y los poderes enemigos han tenido éxito en este caso en su contraataque porque no han interpelado al sentido político de la ciudadanía sino a cierto sentido común dominante: la sensibilidad ante las víctimas. Esto también debería llevarnos a reflexionar sobre cómo y por qué este marco de valor bloquea cualquier otro debate y está tan arraigado en nuestra piel social como acto reflejo. En este escenario, creo que tenemos que reconocer que, aunque había muy buenas razones, no era fácil defender a Guille partiendo del sentido común dominante, donde el argumento de la víctima se ha convertido en un valor incuestionable. Hablamos de cómo el lenguaje ideológico del neoliberalismo ha penetrado en el sentido común de los últimos tiempos, pero no tanto de cómo la lógica de la víctima, necesaria, sin duda, ha llegado a bloquear cualquier otro debate sereno en torno a valores. Recordemos incluso, por ejemplo, cómo esta despolitización del lenguaje desde el punto de vista de las víctimas produjo un efecto bumerán recientemente en el PP. Tanto monopolizaron el discurso desde este marco que cualquier atisbo de ampliar el debate del terrorismo les llevó a ser tildados por sus propios simpatizantes y militantes de “traidores”. El dolor de las víctimas es, por supuesto, un argumento siempre a tener en cuenta, pero no es el único y no siempre tiene que ser políticamente el predominante.

Guillem Martínez escribía hace poco un tuit al respecto: “Para tomar nota del punto débil: la fortaleza cultural del 15M, que ha cambiado marcos culturales, es sumamente frágil en las instituciones”. Cierto es, pero lo que el caso Zapata ha mostrado también es que el cambio cultural del sentido común promovido por el 15M tiene un límite: el valor absoluto -y apolítico- del dolor de las víctimas. De ahí que la primera defensa de Zapata apelando al sentido del humor negro no tocara hueso y que la posterior disculpa por el dolor causado en la rueda de prensa sonara tan efectiva. En una sociedad donde la gramática del dolor se comprende inmediatamente mejor que la gramática política o la estética no cabe apelar con éxito a argumentos políticos o estéticos.

Aparecer con la dignidad de Guille ayer en la rueda de prensa no es hacer de necesidad virtud, limitarse a dar brillo moral al papel de perdedor: es también luchar por el valor de la dignidad de lo político en tiempos cínicos. De lo contrario corremos el riesgo de reducir cínicamente el papel de la política a la lucha por el poder desnudo y no entender qué significa practicar hegemónicamente la política. La batalla ideológica en este caso no pasa por aceptar pasivamente o no lo que la derecha nos dice que es bueno o malo, sino también por disputar el valor moral de la decencia ante gran parte de la sociedad civil que asiste al proceso como espectadora y que no entendía el por qué de esos tuits. Más allá de estar de acuerdo o no con la decisión de Ahora Madrid y Manuela Carmena, merece la pena reflexionar por tanto sobre si el argumento de que con ella se ha “perdido” una batalla ideológica.

La jauría, es verdad, no ha quedado saciada. Ante la dimisión de Guille muchos decían con razón: “¿y luego qué: no irán a por Pablo Soto, Rita, Beatriz y tantos otros?”. En efecto, no han tardado mucho en ir a por ellos. La campaña, lo que se está llamando “un Tamayazo en diferido”, no ha hecho más que comenzar. Sin embargo, ahora no les va a ser tan fácil. Por mucho que cientos de becarios ahora mismo estén husmeando en las alcantarillas de Internet. El dolor no es patrimonio suyo.

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