Sálvanos del oportunismo

1410970755_651443_1410972143_noticia_normal

El verdadero punto de interés del debate estos días en torno a la política comunicativa de Pedro Sánchez no radica en su aparición en un espacio televisivo como El hormiguero ni en haberse rebajado hasta el extremo de intervenir en un “programa del corazón” del calibre de Sálvame, sino en lo que podría revelarnos su gesto como condescendencia o no hacia el público. De hecho, algunos de los críticos de su presencia en este espacio visceral parecen reproducir simplemente viejos prejuicios elitistas. A ellos cabría preguntarles: si crees que todo el mundo que ve Sálvame está sumido en la idiotez, ¿por qué quieres transformar este mundo? ¿Con quiénes además vas a poder cambiarlo?

Sin embargo, una cosa es introducirse políticamente en las trincheras culturales de la comunicación de masas para generar desde ahí un sentido común emancipatorio y otra rendirse ante ellas. Si algo ha caracterizado a los partidos de la “izquierda” española desde el Régimen del 78 fue su absoluta incapacidad hegemónica para trabajar y articular sentido común con y desde estas gramáticas mediáticas. En este sentido La “Movida” madrileña y toda la Cultura de la Transición (CT) fue hegemónicamente antiplebeya, un modo de neutralizar desde los valores de la distinción y la “modelnez” no pocas prácticas culturales y simbólicas populares. Podríamos decir que, paralelamente a la aparición cinematográfica del llamado “destape” frente a la censura anterior, el nuevo horizonte de presuntas libertades generó la construcción de un nuevo espacio público definido por la contracción de los espacios de socialización que la oposición al franquismo había habitado con tenacidad durante la clandestinidad, el desarrollo de formas efectistas de hacer política, una tendencia al personalismo carismático de los líderes de partidos mayoritarios y una apuesta acrítica por las ilusiones de la “modernización”, una de las palabras clave, dicho sea de paso, del “nuevo” discurso de Sánchez.

A la luz de estos rasgos, el paso, en la CT, del leninismo vanguardista al destape mediático generó un espacio público de “consenso” donde escasos medios constituyeron para muchos ciudadanos la única fuente de información y socialización política. Su aparente pluralidad en realidad escondía una profunda homogeneidad de contenidos. Aunque uno pueda sentirse alérgico al resentimiento que desprenden sus páginas, es muy suculenta en este sentido la lectura del último volumen de las memorias de Alfonso Guerra, Una página difícil de arrancar, para analizar cómo de todos esos polvos nos anegan hoy, en el plano mediático, estos lodos. En ellas Guerra analiza precisamente cómo los medios afines fueron decisivos a la hora de focalizar en Felipe González toda la estrategia electoral de su última victoria.

Por otro lado, la historia de la izquierda real en la Transición se explica atendiendo a su ausencia objetiva de espacio mediático de masas, así como de su propia incapacidad o reticencia para introducir formas mediadas de relación con la sociedad en un contexto ya por lo demás hostil. El consenso mediático de la CT, que ya había condenado a la exclusión a cualquier posición crítica, fue doblemente asumido y reforzado por esta cultura de oposición al hacer de necesidad virtud, despreciando y subestimando la importancia de este enclave hegemónico respecto a los espacios antagonistas donde se expresaba el conflicto de forma más directa.

No hace falta ser muy perspicaz para comprender que hoy toda esta maquinaria para generar consentimiento se está descomponiendo. Una agonía acelerada por diferentes causas. La aparición de las redes sociales como nuevo espacio público no jerarquizado; la fusión de grupos de comunicación en monopolios; la profunda crisis del periodismo clásico, desnortado por un mundo cuyos nuevos ritmos y paisajes sigue sin comprender, son puntos de inflexión decisivos. Sin embargo, lo que llama la atención de la actual incapacidad del entramado hegemónico de la CT para conseguir asentimiento social es su sintomática obstinación a interpretar el nuevo campo de fuerzas sociológico a la luz de sus propias categorías hermenéuticas, ya no solo anacrónicas sino autocomplacientes. Este dato pone de manifiesto hasta qué punto su imaginario ideológico depende para existir de la CT. Fuera de ese ecosistema, por así decirlo, se desintegra.

Es cierto que hoy la línea que separa la pedagogía política de masas del oportunismo de masas es muy fina, pero toda intervención efectiva en nuestras luchas culturales debe asumir este riesgo. Sin embargo, lo que parece evidenciar la visita de Sánchez a Sálvame es la idea de que los antiguos centros mediáticos de poder hegemónico ya no sirven como antes para seguir generando consenso social. Por eso su imagen de político respetable en programas de televisión parece en principio más el capítulo final de una forma antigua de entender la política comunicativa que el reconocimiento de algo realmente novedoso. ¿O es que ya están tomando nota de que un campo de batalla decisivo como este se ha perdido para sus intereses? Enseguida lo sabremos, pero las indicaciones que han ofrecido desde el PSOE son elocuentes. Si bien los socialistas defienden que los casi dos millones de personas que ven Sálvame “merecen todo el respeto” y reconocen que la asistencia a programas no estrictamente políticos es parte de una nueva política comunicativa que busca “cercanía con los ciudadanos”, este modo de “romper esquemas” para demostrar que “Pedro es una persona normal” tiene un interesante límite. “No va a ser un tertuliano”.

Les ha faltado decir que como Pablo Iglesias. La declaración es importante: ir como tertuliano a los platós televisivos obliga a dar argumentos, contradecir marcos, asumir las incomodidades de la discusión dialéctica. Un desgaste. ¿Es que Pedro Sánchez, al que las redes sociales ya han bautizado como “Ken”, la pareja de Barbie, quiere ser solo un rostro, un cromo, un muñeco sin interlocución real? Desde este sentido, la acusación de populismo a sus rivales políticos se antoja hipócrita: para el PSOE el populismo bueno es el que presenta asépticamente una cara bonita al pueblo sin discutir; el malo, el que se enzarza dialécticamente en el barro de la disputa política en las tertulias. El “populismo”, se afirma en miembros de la cúpula del PSOE, es ofrecer soluciones simples a problemas complejos. ¿Qué sería entonces ofrecer simplemente un rostro a situaciones de discusión complejas?

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: