Santos Juliá o el miedo a la ilusión popular

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Es fascinante cómo a medida que se desplaza el tablero político se alzan gritonas y enfurruñadas las voces de trinchera del Régimen del 78. Su característica es una ilusión óptica propia de posiciones defensivas, no exenta de resentimiento, de los privilegiados: miedo a la política, miedo a lo nuevo, miedo a la ilusión, miedo al pueblo. Cuanto más débil es su legitimidad social, más se caricaturiza al enemigo como una turba afectiva, desordenada… con tendencias irrefrenablemente fascistoides.

Que Podemos sea identificado, muy finamente, eso sí, con las juventudes hitlerianas por parte de El historiador de referencia de PRISA es extraordinariamente revelador del escaso recorrido intelectual de algunas voces hasta ahora autorizadas y de esta ilusión óptica.

Sostiene Santos Juliá que, al escuchar a Pablo Iglesias la expresión de “El mañana es nuestro”, con la que concluyó su primera “soflama” en el Parlamento Europeo, le vino a la memoria “el recuerdo de aquel hermoso muchacho alemán, de pie sobre una mesa, cantando transido de emoción Tomorrow belongs to me”. En una reflexión de Zizek sobre Cabaret en “El sujeto espinoso”, para mí su mejor libro, que analizamos en nuestras clases de Psicología Social (Maitane Faturechi se acordará, seguro), hay una interpretación más fina que la de este miedo tontorrón al lobo fascista.

El problema de esta escena no es su clima pasional, sino el modo en el que el fascismo supo hegemonizar cultural y políticamente este material utópico que subyace siempre en la indignación y el deseo de cambio popular. El peligro no es el “pathos” del compromiso, siempre mal visto e incomprendido por los liberales autocentrados de toda ralea, sino la forma en la que se deforma hacia marcos totalitarios y orgánicos este difuso contenido social, utópico y emocional. Si el fascismo coaptó hacia una forma corporativa y organicista el malestar social fue porque se tomó políticamente en serio este malestar y la Izquierda, siempre más “inteligente”, prefirió no intervenir en terrenos tan incómodos.

“Lo falso en la máquina ideológica nazi -escribe Zizek- no es la retórica de la decisión como tal (o del acontecimiento que pone fin a la impotencia decadente, etc.), sino, por el contrario, el hecho de que el ‘acontecimiento’ nazi es un teatro estetizado, un acontecimiento falsificado, incapaz de poner fin realmente al atolladero decadente y mutilador”.

Para que una ideología, como la fascista, se imponga en una situación social tiene que haber cierta tendencia u orientación previa popular de los “oprimidos” que necesita algún tipo de canalización y expresión. El problema radica en la articulación del malestar social o en la ilusión de cambio, no en el malestar y la ilusión de cambio como tales. Quienes censuran estos contenidos desde el principio o los desprecian por demasiado populares solo revelan su impotencia política, su señoritismo elitista y el típico aislamiento social del intelectual encumbrado.

La ilusión de cambio solo es por principio totalitaria para quienes pueden permitirse el lujo de no tenerla.

Con estas lumbreras que solo advierten del peligro del lobo, el mañana sí nos pertenece.

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