Más allá, más acá del 15M

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¿Cuántas experiencias se tatúan de verdad en la carne de la vida? Algunas muertes, ciertas pérdidas, algunos encuentros, escogidos amores, escasos acontecimientos. ¿Cuántas veces los individuos se sienten arrastrados por una marea social, acumulada históricamente, que les desborda? Muchos hicimos tarde crac en el 15M como otros antes lo hicieron en su Mayo, en las luchas que les tocó vivir.
Aunque modificó los contornos del paisaje político hasta el punto de erosionar seriamente el bipartidismo asentado desde la Transición, es síntomatico que el 15M haya sido tan poco analizado por los partidos tradicionales y los poderes mediáticos en términos de proceso o movimiento. En un principio nadie, posiblemente ni Hessel, pronunciaba la palabra “indignado” en calles y asambleas, pero era un modo cómodo de aprehender el movimiento social y darle una forma mediática, también apolíticamente correcta. De este modo se declinaba solo en singular y en el lenguaje de la queja lo que se articulaba en plural como el rechazo a ser mercancía en manos de políticos y banqueros. Pero más que indignados estábamos dando expresión común a la indignidad que se escondía bajo las alfombras rojas de una sociedad civil atomizada y aletargada por la burbuja de la propiedad a toda costa y una Transición que, bajo su eufórica autocomplacencia, ocultaba que no había hecho más que de necesidad, virtud. Estábamos aprendiendo a hablar políticamente con gente desconocida y verbalizábamos esta indignidad recordando las humillaciones cotidianas, la explotación laboral bajo condiciones precarias, los recortes sociales que nos condenan a la obsolescencia, los desahucios de todo tipo.
Es comprensible que las elites de gestión socialdemócratas y los nuevos palmeros de la marca España vieran el 15M como una mancha en el mundo de “Cortylandia”. En una España sonámbula que se contaba lo estupenda que era tras el fin del franquismo y movilizada por la ilusión de alumbrar a futuros emprendedores, estos sucios perroflautas no se reconocían como precarios provisionales dispuestos a reinventarse en pos del éxito, sino como perdedores que empezaban a reconocer la necesidad de transformar su situación con otros perdedores.
Abandonando estos humillantes eufemismos, descubrimos una materia insospechada llena de ternuras y de emociones, extrajimos balbucientes fuerzas comunitarias de nuestras flaquezas individuales e, incluso, hablamos en femenino; somos menos estúpidos, posiblemente, pero también hemos follado mejor, nos hemos ensuciado, nos hemos cabreado, hemos llorado como nenazas y nos hemos desencantado tantas veces como vuelto a encantar. También nos hemos pasado de listos y nos hemos enamorado demasiado de nosotros mismos. Puede que todo esto no baste para intervenir de forma efectiva en una realidad tan brutalmente erosionada y amargada como la actual, pero para muchos ha sido la única puerta de acceso al espacio de lo político que les ha abierto su tiempo y siguen fieles a ella. Porque hay muchos rostros de la indignación, pero no todos aportan una gramática política para contarse las cosas en común, como ha hecho el 15M; entre los más nocivos, brilla sobre todo el resentimiento antipolítico, la otra cara de la melancolía de quienes sienten que se ha desinflado la burbuja en la que en realidad nunca habitaron.

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