SOSTIENE ADA

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Es conocida la anécdota de Hegel “saludando” el momento en el que Napoleón entraba en Jena a caballo como “alma-del-mundo”. Hoy, afortunadamente, no somos tan pretenciosos como para sentirnos a lomos de la Historia cabalgando sobre un movimiento de este tipo y nuestras gramáticas políticas tienen dificultades para invertir el malestar social en un único y gran protagonista colectivo. Sin embargo, por modestos que tengamos que ser ante una orientación ya prefijada por la corriente de la Historia, el movimiento y su deseo de cambio siguen existiendo en la realidad, aunque carezcan de un guión escrito. No podemos ignorar las corrientes psicosociales críticas existentes, su potencial de sufrimiento y sus tendencias orientadas a la transformación. El hecho de que la PAH, con tan buen trabajo de base y en escaso tiempo, haya conseguido la fuerza hegemónica (http://www.eldiario.es/interferencias/Fuerza-poder-Reimaginar-revolucion_6_155444464.html) que actualmente tiene, debería ser motivo de reflexión y modelo realista de trabajo. Salvando las distancias con otra época que ya no es la nuestra, “saludar” hoy este deseo de transformación, posicionarnos ante él y extraer todas las lecciones teóricas y prácticas que implica su movimiento debería ser nuestra primera apuesta.

Por provenir de una experiencia reconocida de dependencia material, de reconocimiento de la precariedad en una situación de grave crisis orgánica como la española y no de la ilusa omnipotencia del sujeto neoliberal, las protestas surgidas al calor del 15M emergen como una suma amplia de contenidos y experiencias emancipatorias que, más que escindirse por completo del espacio del poder o de afirmarse autónomamente, abogan por construir desde abajo un mínimo común político desertizado en la realidad española por distintas razones. Esto ha llevado a estas prácticas a escapar de la continua sobreinterpretación naturalista o melodramática (“el desahucio” como exhibición televisiva de la miseria), estrategias que algunos poderes mediáticos han utilizado para caricaturizar la protesta política, reducida así a mera minoría de edad expresionista o simple “disturbio” (http://www.academia.edu/4427641/Teoria_del_disturbio).

El hecho de que en algunas de sus últimas intervenciones públicas Ada Colau haya hecho referencia a las diversas fases de la PAH en términos de “procesos de aprendizaje”, ¿no llama la atención sobre la necesidad de cultivar ese espacio formativo de experiencias políticas sistemáticamente bloqueado por el discurso del emprendedor –o “emprendeudor” (como ha acuñado Jorge Moruno) neoliberal? La llamativa labor de la PAH al luchar contra la marginación y el oprobio del “desahuciado”, estigma que solía condenar en principio a la despolitización y vergüenza al sujeto, o de asociaciones como Juventud sin Futuro, ¿no son experiencias que han girado sobre la resignificación política –y no solo discursiva o victimista- de la contrafigura del neoliberalismo: la del perdedor?

El ejemplo de la PAH pone de manifiesto asimismo hasta qué punto resulta ilustrativo la construcción de prácticas o gramáticas que no confían tanto la oportunidad política en seguir automáticamente el movimiento de la realidad y el desarrollo inmanente de sus contradicciones como en la construcción colectiva de redes de protección que articulen sentido colectivo; mallas que “recogen” estas urgencias y necesidades en proceso de caída libre. Por decirlo con otras palabras, “con la que está cayendo” (http://analisismadrid.wordpress.com/2013/10/17/con-la-que-esta-cayendo-2/) –expresión de nuestro sentido común en la que se condensa el éxito hegemónico neoliberal-, no se trata de acelerar la caída de la gente o de “despertar” y actualizar desde ahí automáticamente su conciencia política, por ejemplo enfatizando la condición miserable del desahuciado (óptica miserabilista y de pauperización frecuente en otras épocas); ni tampoco de abogar por el “cuanto peor mejor”; se trata de sostener antes que dejar caer, de crear desde ahí espacios abiertos a nuevas experiencias de lo común y de resistencia. Quizá por ello nada sea más contraproducente que resistir al shock neoliberal con políticas frenéticas de movilización por aceleración o solo orientadas a nadar de forma oportunista a favor de la corriente.

No hay que olvidar en este sentido cuánto han sacado los colores las acciones de la PAH a los partidos de izquierda y sindicatos tradicionales, encapsulados y ensimismados en sus imaginarias y cortoplacistas luchas intestinas de poder, en sus lecturas maximalistas u oportunistas de coyuntura y, por tanto, incapaces de tender modestos puentes y redes de protección a los cada vez más numerosos desahuciados del proceso de descomposición del sistema. Por otra parte, como puede aprenderse de la historia, son las estrategias que se limitan a esperar pasivamente la fuerza de arrastre de la realidad o, al contrario, acelerar el movimiento de caída las que no pocas veces terminan dejando el campo político a la intervención hegemónica del enemigo.

Personalmente, me llamó mucho la atención, siguiendo esta reflexión sobre la posibilidad de ser sensible a un movimiento diferente en relación con lo real, que Ada Colau comentara cómo, ante bruscos acontecimientos dramáticos, se produce una sintomática reacción diferente en clave de género. En situaciones de crisis o desmoronamiento son las mujeres las que más habitualmente sostienen y “tiran del carro”, mientras que los hombres se abandonan (a la bebida, al juego…) o se derrumban psicológicamente. Un dato cuyo análisis quizá revelaría por qué ciertas lógicas masculinas no están a la altura de una forma de politización ya no viril (sacrificio narcisista, inercias autoritarias), sino más práctica y cuidadosa. Es aquí donde los revolucionarios de salón que tachan el discurso de la PAH de “reformista” o insuficientemente radical siguen sin entender gran cosa de lo que ya el joven Marx llamaba “ir a las raíces” de los problemas. La radicalidad del análisis y de la lucha sólo pueden profundizarse hacia abajo; es un reflejo elitista profundizar solo hacia arriba, hacia los presupuestos teóricos a priori.

Si se ha encabezado intencionadamente este texto con el título de “Sostiene Ada” en lugar de “Sostiene la PAH” no es por casualidad. Por muy necesaria que sea la rotación de portavoces y representantes, no podemos seguir eludiendo la cuestión del liderazgo. No todos los líderazgos son iguales ni todas las lógicas grupales que se relacionan con los mismos tienen que generar abdicaciones y servidumbres acomodaticias. Como pusieron de relieve Marx y Freud desde aproximaciones diferentes al fenómeno, el caudillismo que fomenta el resentimiento de las masas hacia la política implica una posición idealizada y “externa” al grupo y sigue una lógica puramente reactiva respecto a la realidad social que critica; los “salvadores” demagógicos solo se alimentan de un tipo de malestar social ya profundamente atomizado y despolitizado donde no existe la densidad relacional propia de una sociedad civil articulada. Es obvio destacar cómo las prácticas de la PAH siguen el movimiento inverso.

Si no fuera porque es necesario combatir a la luz pública estos fantasmas, parece ridículo tener que insistir en la diferencia que existe entre el liderazgo demagógico y el tipo de representación que se practica en los nuevos movimientos sociales como la PAH. Esta burda caricatura de Colau como matona y agitadora populista no ha sido solo fomentada por la caverna mediática. Ciertas opiniones vertidas por intelectuales mediáticos son un botón de muestra del papel normalizador o de “filósofo de guardia” (http://elpais.com/elpais/2013/09/03/opinion/1378230675_342330.html) que cumplen algunos comentaristas, sobre todo de PRISA, un grupo mediático que desde el principio tuvo que trazar una línea roja frente al debate suscitado por los escraches.

La política hasta ahora buscaba conectar con la fuerza de gravedad, pero de lo que se trata ahora ¿no es también de sostener?

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