Dos años de 15M

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Hace dos años por estas fechas el malestar social salió a la calle, buscando, entre otras cosas, calor a una precariedad que costaba mucho contarse en la gramática de un trabajo privado de sus tradicionales perfiles. Y se ocuparon las plazas. “Ensuciándolas”, replicaron las gentes de orden. Toda una electricidad social parecía emerger de repente, pero sería una ilusión óptica prescindir de los anteriores movimientos subterráneos del topo presto a salir a la superficie.

En un principio nadie, posiblemente ni Hessel, pronunciaba la palabra “indignado” en calles y asambleas, pero era un modo cómodo de etiquetar el acontecimiento y darle una forma mediática, también apolíticamente correcta. De este modo se declinaba en singular y en el lenguaje del reconocimiento lo que se expresaba en plural como el rechazo a ser mercancía en manos de políticos y banqueros. Pero más que indignados estábamos dando expresión común a la indignidad que se escondía bajo las alfombras rojas de una sociedad civil atomizada y aletargada por la burbuja de la propiedad a toda costa. Estábamos aprendiendo a hablar políticamente con gente desconocida y verbalizábamos esta indignidad recordando las humillaciones cotidianas, la explotación laboral bajo condiciones precarias, los recortes sociales que nos condenan a la obsolescencia, los desahucios de todo tipo.

Es comprensible que los palmeros de la marca España nos vieran como una mancha en el mundo de “Cortylandia”. En un mundo movilizado por la ilusión de futuros emprendedores, estos sucios perroflautas no se reconocían como precarios provisionales dispuestos a reinventarse en pos del éxito, sino como perdedores que querían transformar su situación con otros perdedores.
Abandonando estos humillantes eufemismos, descubrimos una materia insospechada llena de ternuras y de emociones, extrajimos balbucientes fuerzas comunitarias de nuestras flaquezas individuales e, incluso, cuarentones, hablamos en femenino; somos menos estúpidos, posiblemente, pero también hemos follado mejor, nos hemos ensuciado, nos hemos cabreado, hemos llorado como nenazas y nos hemos desencantado tantas veces como vuelto a encantar. También nos hemos pasado de listos y nos hemos enamorado demasiado de nosotros mismos. Puede que todo esto no baste para intervenir de forma efectiva en una realidad tan brutalmente erosionada y ensimismada, pero para muchos ha sido la única puerta de acceso al espacio de lo político que les ha abierto su tiempo y siguen fieles a ella. Porque hay muchos rostros de la indignación, pero no todos aportan una gramática política para contarse las cosas en común, como ha hecho el 15M; entre los más nocivos, brilla sobre todo el resentimiento antipolítico, la otra cara de la melancolía de quienes sienten que se ha desinflado la burbuja en la que en realidad nunca habitaron.

Mañana no hay nada que conmemorar. Alguien ha dicho que hemos pasado del “No nos representan” al “A por ellos”. En todo caso, no somos ninguna locomotora de la historia, sino un movimiento social a la defensiva de un ataque cuyo sueño húmedo es retrotraernos al capitalismo de Dickens. Hoy, tras dos años donde seguimos medio vivos cuando tantas veces nos han dado por muertos, me parece cansino discutir entre nosotras si somos la potencia inmaterial de una multitud, un movimiento de “soviets más Internet”, un nuevo populismo, la emergencia de una nueva ciudadanía republicana o un sujeto embrionario a la busca de un guión histórico. Superemos la tendencia gravitatoria al sectarismo, inercia de nuestra peor petulancia intelectual y pequeñoburguesa. Que nuestra indignación o nuestra cólera no nos brinden coartadas para elevarnos sobre la realidad, sino que nos sirvan de acicate para seguir descendiendo hacia ella, para conocerla mejor y transformarla con el mayor número de gente posible; para seguir profundizando en una democracia real, más participativa y más justa, para combatir el machismo y las desigualdades de género, para fortalecer el tejido social de nuestros barrios; para resistir el agresivo asedio neoliberal a nuestras conquistas sociales, nuestras escuelas, espacios de trabajo, universidades y hospitales.

¿Nos vemos mañana en las calles?

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